El Petiso Orejudo: cuando la violencia colonial se vuelve contra los más vulnerables
La historia de Cayetano Santos Godino, conocido como el Petiso Orejudo, no puede contarse sin entender las raíces profundas de la violencia que atraviesa nuestra América. Su caso, el primero documentado de asesinatos seriales en Argentina, revela las heridas abiertas de una sociedad construida sobre la exclusión y el despojo.
Hijo de inmigrantes italianos llegados a los barrios humildes de Buenos Aires en el amanecer del siglo XX, Godino creció en un contexto donde la pobreza y la marginalización marcaban el destino de miles de familias. Sus crímenes contra niños pequeños, perpetrados en terrenos baldíos y casas en construcción, no pueden separarse de la violencia estructural que caracterizaba a una ciudad en expansión descontrolada.
La criminología positivista: ciencia al servicio del poder
La fisonomía de Godino, sus orejas prominentes y baja estatura, se convirtió en objeto de estudio para la criminología positivista de la época. Esta corriente pseudocientífica, heredera directa del pensamiento colonial, buscaba justificar la criminalización de los sectores populares a través de supuestos estigmas biológicos.
Los médicos y peritos forenses que estudiaron su cráneo reproducían las mismas lógicas racistas que habían servido para justificar el genocidio de nuestros pueblos originarios. La cirugía estética a la que sometieron a Godino para reducir sus orejas representa la brutalidad de un sistema que prefiere mutilar cuerpos antes que transformar las condiciones sociales que generan violencia.
Ushuaia: la cárcel del fin del mundo
El traslado de Godino al Penal de Ushuaia, esa cárcel construida en el confín austral para albergar tanto a criminales como a presos políticos, simboliza el destino de quienes desafían el orden establecido. En esas celdas gélidas de Tierra del Fuego convergían los enemigos del sistema: desde luchadores sociales hasta individuos quebrados por la misma violencia que pretendían combatir.
El historiador Leonel Contreras señala que el Petiso Orejudo "inauguró una categoría de horror" que la sociedad argentina no estaba preparada para procesar. Pero cabría preguntarse: ¿acaso una sociedad fundada sobre el exterminio indígena y la explotación de los trabajadores podía generar otra cosa que no fuera horror?
Muerte en el penal: justicia carcelaria
La muerte de Godino en 1944, oficialmente por hemorragia interna pero según la tradición oral por una paliza de sus compañeros tras matar al gato del penal, revela las contradicciones de un sistema carcelario donde la violencia se reproduce infinitamente.
Que los mismos presos que habían sido criminalizados por el Estado aplicaran su propia justicia contra quien había torturado animales muestra cómo, incluso en los márgenes del sistema, persisten códigos éticos que el poder formal ha perdido.
El mito y la memoria popular
Hoy, la celda de Godino en el museo del antiguo penal de Ushuaia recibe visitantes que buscan comprender el origen de una violencia extrema. Pero esta fascinación morbosa por el "mal absoluto" nos distrae de las preguntas fundamentales: ¿qué condiciones sociales producen estos monstruos? ¿cómo se reproduce la violencia en sociedades desiguales?
La figura del Petiso Orejudo trasciende lo policial para instalarse en nuestra cultura popular como advertencia. Su nombre resuena en relatos urbanos que, sin saberlo, nos hablan de los fantasmas de una modernización excluyente, de una Argentina que se construyó negando sus raíces y criminalizando a sus sectores populares.
El expediente de sus crímenes permanece como documento fundamental de nuestra historia forense, pero también como testimonio de una época donde la "ciencia" servía para legitimar la opresión. Su historia nos recuerda que el horror no nace de la nada: crece en los intersticios de sociedades que han naturalizado la violencia como forma de control social.