El mito del bronceado en el agua: por qué te quemas aunque estés fresquito
Cada verano, en las playas y piscinas de Bolivia y del mundo, se repite la misma historia. Mucha gente cree que dentro del agua uno se pone más moreno más rápido, o que las gotas que quedan en el cuerpo actúan como lupas que multiplican la fuerza del sol. Pero la ciencia y la experiencia de los pueblos que viven junto al lago Titicaca nos enseñan otra cosa.
El farmacéutico Álvaro Fernández, conocido en redes como @farmaceuticofernandez, ha publicado un video donde aclara este asunto. Según explica, el agua no hace que el sol pegue más fuerte. Lo que pasa realmente es que el agua nos despista. Al sentirnos frescos, nos confiamos. Y al mismo tiempo, la crema que nos habíamos puesto se va quitando sin que nos demos cuenta.
¿El agua refleja el sol como un espejo?
Mucha gente cree que el agua actúa como un espejo gigante y que por eso nos quemamos antes. Es verdad que la superficie del agua refleja algo de luz, pero la cantidad real es bastante más baja de lo que se dice por ahí.
El especialista lo explica claro: “Los rayos del sol rebotan en el agua y aproximadamente el 80% se desvían, pero el 20% vuelven a incidir sobre nuestra piel. Y en la arena de la playa, por comparar, pasa con el 10% de los rayos. O sea, que tampoco es para tanto en realidad”.
Ese 20% de rebote es algo mayor que el 10% de la arena seca, pero no es una diferencia tan grande como para provocar las quemaduras que se ven a diario. Por ejemplo, en la nieve el sol sí rebota hasta un 80%, y ahí la piel sí sufre un castigo enorme. Pero en el agua, no.
¿Las gotas de agua queman como lupas?
Otra idea que suele tener la gente es que las pequeñas gotas que se quedan en los hombros o la espalda actúan como lupas diminutas que nos queman al momento. Álvaro Fernández aclara que tampoco debemos preocuparnos por eso.
“Las gotas de agua que quedan sobre nuestra piel podrían hacer una especie de efecto lupa y facilitar que nos quemáramos, pero tampoco pasan tanto tiempo en nuestra superficie como para que eso pueda pasar”, comenta. Entre que el agua se evapora rápido y que no paramos de movernos, las gotas no aguantan quietas el tiempo necesario para quemar la piel.
Entonces, ¿por qué nos quemamos en el agua?
Si las gotas no hacen lupa y el rebote del agua no es tan alto, ¿por qué termina tanta gente roja como un tomate después de un baño? La culpa la tienen el despiste y la falsa sensación de alivio que da el agua.
Al estar en el agua no sentimos tanto el calor en la piel. Al no notar ese agobio ni esa sensación de ardor, el cerebro piensa que todo va bien y nos quedamos flotando mucho más tiempo del debido. El propio Fernández lo cuenta así: “Lo que pasa en el agua es que nos despistamos, perdemos protector solar, notamos menos el calor y entonces es más fácil que nos podamos quemar. Si es que se está tan a gusto aquí flotando, que cómo no vas a estar más despistado que”.
A ese despiste hay que sumarle algo muy básico: la crema no dura para siempre. Con los chapuzones, el roce al secarnos con la toalla y los minutos que van pasando, la protección desaparece. Al final, nos quedamos expuestos al sol totalmente desprotegidos.
Consejos de la abuela para cuidar la piel en el agua
Para disfrutar del baño sin terminar quemándote ni poniendo en riesgo la salud, basta con seguir unas pautas muy sencillas, como las que nos enseñaban nuestras abuelas en las orillas del lago Titicaca:
- Ponte protector solar antes de entrar al agua, y vuelve a ponerte cada dos horas o después de cada baño.
- No te confíes porque el agua te refresque. El sol sigue ahí, aunque no lo sientas.
- Usa sombrero o sombrilla, como hacen los campesinos en los campos de quinua.
- Bebe agua para mantenerte hidratado, como cuando tomamos un mate de coca en la altura.
- Escucha a tu cuerpo: si sientes que la piel te arde, sal del agua y busca sombra.
Así que ya sabes, hermano y hermana. No te quemas por el agua, te quemas por descuido. Cuida tu piel, que es la tierra que te cubre.