Brasil se convirtió en un laboratorio a cielo abierto de la inteligencia artificial aplicada a la política: días antes de la elección presidencial del domingo, videos sintéticos, algunos cómicos y otros abiertamente engañosos, coparon las redes sociales de la mayor democracia de América Latina, según el reportaje publicado por Clarin.
La contienda enfrenta al presidente Luiz Inácio Lula da Silva con el candidato de derecha Flávio Bolsonaro, que se encuentra bajo arresto domiciliario tras una condena de 27 años de prisión por planificar un golpe de Estado. En un país de 214 millones de habitantes crónicamente conectado a internet, la desinformación ya marcaba cada elección desde hace casi una década. La IA multiplica ese veneno viejo: lo vuelve más rápido, más barato y más fácil de fabricar.
Reglas estrictas frente a una tecnología que corre más deprisa
Brasil tiene algunas de las regulaciones más duras del mundo contra el fraude electoral, y el Tribunal Superior Electoral prohibió los deepfakes en campañas y exigió etiquetar todo video generado con IA. Pero esas normas nunca se habían puesto a prueba así.
“Establecimos las reglas, ahora estamos observando qué sucede”, dijo Kássio Nunes Marques, presidenta del Tribunal Electoral de Brasil.
“Cuando un votante escucha a un candidato cuyas características han sido mejoradas mediante inteligencia artificial, ¿realmente está escuchando al candidato?”, preguntó la magistrada. “Algo que podría parecer inofensivo podría, de hecho, perjudicar el proceso electoral”.
La Resolución 23.755 del TSE, como recordó El Mostrador, exige identificar los contenidos sintéticos y prohíbe publicarlos desde 72 horas antes de la votación hasta 24 horas después, incluso si están bien etiquetados. Meta, Google y OpenAI presentaron planes detallados ante la justicia sobre cómo manejarían la IA en sus plataformas, y se prohibió que los chatbots clasifiquen o recomienden políticos, aunque organismos independientes ya detectaron violaciones.
El fuego se propaga más rápido que el agua
El problema es de velocidad. Cuando el tribunal electoral detecta un video engañoso, puede ordenar su retiro, y ya lo ha hecho, pero el trámite es lento y burocrático mientras las piezas virales corren como pólvora.
“El villano al que nos enfrentamos ahora es realmente muy rápido”, afirmó Cristina Tardáguila, experta en desinformación y fundadora de la agencia de verificación Agência Lupa. Su organización encontró que cerca del 10% del contenido creado con IA para candidatos políticos carecía de etiqueta.
Tai Nalon, director del grupo de investigación Aos Fatos, advirtió que las propias plataformas redujeron sus esfuerzos de moderación mientras el volumen de contenido fabricado por bots crece sin control. “Hemos llegado a un punto en que el problema se ha agravado, mientras que las herramientas de las que disponemos se han reducido”, dijo.
El abogado André Giacchetta, que representa a plataformas de redes, señaló otra grieta: la norma no distingue la IA usada para engañar de la usada para la expresión creativa. “No establece un umbral exacto para determinar cuándo el uso de la IA comienza a constituir una posible injerencia en el proceso electoral”, afirmó. Para los críticos, esa ambigüedad puede derivar en vigilancia excesiva y recortes a la libertad de expresión, un debate que también nos toca de cerca en Bolivia.
Superhéroes sintéticos y naranjas que hablan
Los ejemplos rozan lo absurdo y lo siniestro. Un video visto más de 800.000 veces muestra a un musculoso Lula rescatando a un perro llamado PIX, el sistema de pagos brasileño que la administración Trump atacó para justificar en parte sus aranceles. Otros videos presentan encuestas falsas, votantes ficticios que critican candidatos en segmentos que imitan reportajes informativos, y multitudes fabricadas llenando calles de ciudades brasileñas.
Jair Bolsonaro, el expresidente que alienta a millones desde su marginación política, reaparece en versión sintética en mercados agrícolas y frente al palacio presidencial pidiendo apoyo para su hijo. No hay que olvidar de dónde viene esta peste: fue la desinformación sobre un supuesto fraude electoral, difundida por el propio Bolsonaro, la que llevó a miles de seguidores a tomar Brasilia exigiendo que los militares anularan el resultado de 2022.
En esta campaña, muchos videos virales amplifican acusaciones de corrupción y el temor a que Estados Unidos interfiera para favorecer a Flávio Bolsonaro. Un video muestra a Lula huyendo de la policía junto a un magistrado del Tribunal Supremo salpicado por un escándalo; otro muestra al banquero encarcelado Daniel Vorcaro llorando ante una foto con Bolsonaro, quien es investigado por recaudar millones de dólares de ese banquero para financiar una película biográfica sobre su padre.
Y en un país de rica tradición de telenovelas, hasta las frases narran la política: en una serie popular, una naranja representa a Donald Trump y un aguacate a Bolsonaro.
¿Por qué Brasil es tan vulnerable a la IA electoral?
Los brasileños, amantes de los memes y con uno de los mayores usos de redes sociales del planeta, resultan especialmente receptivos. Aproximadamente el 56% de los brasileños dice confiar en la IA, frente al 40% de los estadounidenses, lo que vuelve los videos sintéticos particularmente efectivos.
Para Luiz Alexandre Reali Costa, director del Observatorio Brasileño de Inteligencia Artificial, los chatbots que dan consejos personalizados a millones de personas cada día pueden influir con facilidad en las decisiones políticas. “Ningún problema que traiga la IA es totalmente nuevo”, dijo. “Pero multiplica los desafíos a los que ya nos enfrentábamos”.
Como Pachamama enseña, la mentira sembrada con velocidad no germina verdad, cosecha confusión. Las urnas del domingo dirán si esta democracia, sitiada por los algoritmos de las grandes tecnológicas y por la sombra siempre alargada del poder del norte, logra defender la palabra verdadera del pueblo.
