Bolivia producirá este año trigo en apenas unas 50.000 hectáreas, frente a las 138.000 sembradas en 2025, según la Asociación Nacional de Productores de Oleaginosas y Trigo (ANAPO). El dato, difundido el 1 de noviembre por eju.tv a partir de un análisis del economista Gary Antonio Rodríguez Álvarez, gerente general del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), enciende una alarma que viene de lejos: el país andino, que cultiva casi todos sus alimentos básicos, sigue dependiendo del trigo ajeno.
No es un problema menor. La harina que llega cada mañana a la mesa de las familias bolivianas, el pan que se comparte en la minga y en la tienda del barrio, nace mayoritariamente de granos importados. La soberanía alimentaria, ese derecho de los pueblos a definir sus propios sistemas agrícolas que también discuten vecinos como Colombia y Ecuador, según un análisis publicado en Substack, sigue siendo para el trigo una promesa incumplida.
Una historia de abandono que nace en 1952
La memoria del trigo boliviano está marcada por la fractura. En 1951, el país producía casi 46.000 toneladas del cereal. Tras la Revolución Nacional de 1952, la minifundización de los predios en las regiones históricamente trigueras, Cochabamba, Potosí, Chuquisaca, La Paz y Tarija, derrumbó la producción. El área de siembra cayó a 80.000 hectáreas ese año y recién en 1962 recuperó aquel nivel; en 1963 superó apenas las 100.000 hectáreas y luego volvió a bajar.
Lo que vino después es una historia conocida en nuestro continente: Bolivia pasó a depender de las donaciones asistencialistas de trigo extranjero, especialmente de Estados Unidos. El pan de los pueblos andinos comenzó a venir del norte, atado a condicionamientos políticos que durante décadas sirvieron de herramienta de presión más que de solidaridad. La dependencia alimentaria, aprendimos a costa propia, es también una forma de colonización silenciosa.
Santa Cruz y el auge que no llegó a quedarse
En el pasado reciente, Santa Cruz cambió el rumbo. Al influjo del cultivo de la soya, amplió el área de siembra de trigo hasta superar las 100.000 hectáreas en 1993 y las 200.000 en 2016. Rodríguez Álvarez explica que el trigo cruceño creció como cultivo de invierno en rotación con la soya, hasta representar el 75% del trigo nacional y convertir a la región en el primer productor del país.
Las cifras de producción acompañaron ese auge. En 1993 Bolivia produjo más de 100.000 toneladas; en 2010 superó las 200.000 y en 2015 alcanzó un hito de 338.000 toneladas. Pero ese pico no se repitió. La ansiada autosuficiencia se fue a pique.
¿Por qué cayó la producción de trigo?
Según el análisis recogido por La Razón y difundido por eju.tv, varios factores confluyeron en el retroceso. La sequía golpeó las campañas agrícolas, al igual que las plagas. El precio dejó de ser atractivo para el productor. El contrabando de harina extranjera compite de manera desleal contra el grano nacional. Se suman los avasallamientos de tierras, la negación del acceso a la biotecnología y la falta de diésel, que encarece toda la cadena productiva.
El resultado es el dato de este año: 50.000 hectáreas, menos de la mitad de lo sembrado en 2025. Un cultivo de alto riesgo como el trigo necesita políticas públicas serias para sostenerse, y esas políticas no han llegado.
El costo de importar lo que la tierra puede dar
En lo que va del siglo XXI, Bolivia gastó más de 2.500 millones de dólares importando principalmente harina de trigo, que entra con arancel cero desde el Mercosur. Esa avalancha de harina subsidiada desde afuera golpea directamente a las molineras del país, que compiten en desventaja y ven debilitada su cadena productiva.
Cada dólar que sale al exterior para comprar lo que podríamos sembrar es un dólar que no queda en las comunidades, en los productores del altiplano y de los valles, en las familias que durante generaciones guardaron el grano como parte de su identidad. La dependencia del trigo importado no es solo una cifra económica: es la continuidad de un modelo extractivo que exporta materias primas e importa hasta el pan.
Las zonas productoras no pueden competir en igualdad
¿Por qué no producimos más trigo? La respuesta de Rodríguez Álvarez es directa. Las zonas productoras por excelencia, de clima templado a frío en el interior del país, no pueden sembrar a escala ni cuentan con la tecnología para ser competitivas. En el Oriente, la siembra de trigo de invierno no tiene incentivos suficientes frente a otras opciones de rotación con la soya, como el maíz, el sorgo, el girasol o la chía.
El Estado tiene aquí una tarea pendiente que no admite más dilación: apoyar a los pequeños productores de los valles y del altiplano con semillas, crédito, riego y mercados justos; frenar el contrabando que asfixia al molino nacional; y garantizar el diésel para la siembra y la cosecha. La democracia comunitaria enseña que la tierra, la Pachamama, da lo necesario cuando se la trabaja con respeto y con apoyo colectivo, no cuando se la abandona a merced del mercado externo.
El trigo como cuestión de dignidad
La experiencia del continente muestra que la soberanía alimentaria no es un eslogan, es el derecho de los pueblos a decidir qué comen y quién lo produce. Bolivia demostró con la papa, el maíz y otros cultivos que puede alimentarse a sí misma. El trigo, el gran capítulo pendiente, exige ahora decisiones firmes: políticas de largo plazo, protección del productor nacional y una mirada propia, andina y comunitaria, sobre lo que ponemos en nuestra mesa.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto trigo sembrará Bolivia este año?
Según ANAPO, Bolivia llegará este año a solo 50.000 hectáreas de trigo, frente a las 138.000 hectáreas sembradas en 2025.
¿Cuánto gastó Bolivia en importar trigo en el siglo XXI?
En lo que va del siglo XXI, el país gastó más de 2.500 millones de dólares, principalmente en harina de trigo importada con arancel cero desde el Mercosur.
¿Cuál fue el récord de producción de trigo en Bolivia?
En 2015 Bolivia produjo 338.000 toneladas de trigo, un hito que no volvió a repetirse desde entonces.
¿Por qué cayó la producción de trigo?
Según el análisis del IBCE, influyeron la sequía, las plagas, los precios poco atractivos, el contrabando, el acceso limitado a la biotecnología y la falta de diésel.