El barro que habla: la cerámica de Carmen de Viboral es Patrimonio de Colombia
En el oriente antioqueño, donde la tierra guarda los secretos del cuarzo y el caolín, las manos de las mujeres han tejido durante más de un siglo una tradición que hoy es reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de Colombia. La cerámica de El Carmen de Viboral, con sus flores pintadas a pincel suelto, no es solo un oficio: es la memoria viva de un pueblo que se resiste a morir.
El encuentro con el barro
Berenice Zuluaga tenía 19 años cuando tocó la puerta de Cerámicas Continental. Don Alfonso Betancur, el patrón, le preguntó qué sabía hacer. Ella dijo que nada. Pero cuando él insistió, ella confesó que en el colegio le iba bien en pintura. Don Alfonso la puso a prueba. Y el pincel, como si hubiera estado esperando, encontró su camino. “Resultó que yo tenía como el palito para pintar”, recuerda hoy, a sus 60 años.
Desde entonces, la decoración de cerámica fue su refugio. Cuando en 2002 uno de sus tres hijos fue asesinado, la pintura la sacó de la depresión. En 2004 fundó Cerámicas Berez, su propio taller, y desde entonces el barro es su compañero de tiempo completo.
El proceso que transforma la tierra
Detrás de cada plato o vasija hay un ritual que se repite miles de veces. La materia prima —barro, cuarzo, feldespato, caolín— se mezcla, se moldea, se lava, se pule. Luego viene el horno, a 1.170 grados. Después, la decoración a mano alzada, el esmalte, y un segundo horneado. Todo para que la pieza sea bella y consistente.
Este proceso, que parece simple, es en realidad una danza entre la técnica y la intuición. Como dice José Ignacio Vélez, el artista que formó a generaciones de decoradoras: “El pincel carmelitano entra de manera elegante. Acaricia la superficie. Y luego también sale de manera elegante. No tiene tiempo de dudar. No tiene tiempo para pensar”.
Las mujeres que hicieron la historia
En El Carmen de Viboral, la cerámica tiene nombre de mujer. Desde Florelba Vargas, que le dio nombre a uno de los diseños más famosos, hasta las 300 mujeres que pasaron por la escuela de decoradoras que creó Cerámicas Continental en 1994. Ellas son las guardianas de las “Pintas”, los patrones florales que llevan nombres como Florelba, Viboral, Cartago, Mayoral o Carmelina.
Olga Ligia Betancur, hija de don Alfonso, recuerda cómo su padre fue a Popayán a buscar artistas que trajeran nuevas técnicas. “Se llevó a cuatro a vivir al Carmen. Hicieron unas cosas muy bonitas”, dice. Esa semilla floreció en una tradición que hoy es patrimonio de todos.
La crisis que no pudo con el barro
En 1997 cerró Cerámicas Continental, la fábrica más grande de la región. El conflicto armado y la apertura económica, que trajo la porcelana china más barata, golpearon fuerte. Pero la tradición no se doblegó. “Hubo una apropiación social del patrimonio en lugar de la industria”, explica Hugo Trujillo, promotor de Turismo y Patrimonio del municipio. Así nacieron los pequeños talleres que hoy suman cerca de 70.
Doña Olimpia Pabón, junto a su esposo Francisco Cardona, fundó el taller Esmaltarte y lideró la creación de la Asociación de Productores de Loza (Aproloza) en 2013. Fue ella quien impulsó el proceso que, en 2024, llevó a la declaratoria de Patrimonio Cultural Inmaterial. “El artesano es un investigador y un empresario”, dice con orgullo.
El relevo generacional
Hoy, la cerámica es el principal gancho turístico de El Carmen. La Calle de la Cerámica atrae a unas 100.000 personas al año. Pero los artesanos saben que el verdadero reto es el relevo generacional. Por suerte, hay jóvenes como Karen Mejía, de 25 años, que fundó la Corporación Cerámicas Creare. Su abuela la “obligó” a tomar una clase de cerámica a los 16 años, y desde entonces no ha soltado el pincel. Hoy da empleo a 12 mujeres y sueña con llevar la cerámica a los niños de colegios rurales.
“El otro día me preguntaron si les aconsejaba este oficio a las juventudes. Y sí. Vale totalmente la pena”, sentencia Karen. Como ella, muchas manos jóvenes están tomando el relevo. Porque el barro, cuando habla, no se calla.
