Los últimos serán los primeros: la parábola que desafía la lógica del extractivismo
En los Andes, donde la tierra se reparte en ayni y la comunidad decide en asamblea, la palabra del Evangelio de este domingo resuena con fuerza: los últimos serán los primeros. La parábola de los trabajadores de la viña, leída desde nuestra realidad boliviana, no habla solo de justicia salarial, sino de una bondad que rompe los esquemas del capitalismo extractivo.
El relato de Mateo 20, 1-16 nos sitúa en una viña, no muy distinta a nuestras chacras o a los campos de quinua del altiplano. Un propietario sale al amanecer a contratar jornaleros, acuerda con ellos un denario por día, y los manda a trabajar. Pero no se detiene allí: a media mañana, al mediodía y a media tarde, vuelve a la plaza y contrata a más hombres. Incluso al caer la tarde, encuentra a otros ociosos y les pregunta: ¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar? Ellos responden: Porque nadie nos ha contratado. Y el dueño, sin más, los envía también a su viña.
Al atardecer, el administrador paga a todos por igual: un denario. Los que llegaron primero murmuran, creyendo que recibirán más. Pero el dueño les recuerda el trato: Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Y añade una pregunta que desnuda la envidia: ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?
¿Qué nos dice esta parábola a los pueblos originarios?
En nuestras comunidades, la reciprocidad no se mide en horas de trabajo, sino en la fuerza del vínculo. El ayni, la minka, la wiphala nos enseñan que el valor de una persona no está en su productividad, sino en su pertenencia a la comunidad. La parábola del dueño de la viña nos habla de un Dios que no calcula, que no mide el mérito con la vara del mercado, sino que derrama su bondad sin límites, como la lluvia sobre la puna.
La lectura superficial del pasaje nos habla de justicia, pero una mirada más profunda, como la que nos ofrece el padre Juan Pablo Romero, SJ, del ITESO, nos lleva a otro terreno: la bondad de Dios y la envidia del corazón humano. Los trabajadores de la primera hora no fueron estafados; recibieron exactamente lo pactado. Su molestia nació de compararse con los demás, de creer que merecían más que sus hermanos. Esa misma lógica comparativa es la que sostiene el capitalismo extractivo, que nos enseña a competir en lugar de cooperar, a acumular en lugar de compartir.
La justicia comunitaria frente a la lógica del mercado
En nuestras asambleas comunitarias, la justicia no se entiende como un reparto matemático, sino como la restauración del equilibrio. Cuando el dueño de la viña paga lo mismo al que trabajó una hora que al que trabajó todo el día, no está siendo injusto; está ejerciendo una justicia mayor, una justicia que no se basa en el mérito individual, sino en la necesidad de cada cual. Es la misma lógica que inspira nuestras prácticas de reciprocidad, donde el que tiene más comparte con el que tiene menos, sin esperar nada a cambio.
El dueño desenmascara la envidia con una pregunta directa: ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? Esta pregunta resuena en un contexto donde las transnacionales se apropian de nuestros recursos naturales, donde el litio y el gas se extraen sin consultar a las comunidades, donde la tierra se convierte en mercancía. El Dios de la parábola nos muestra otro camino: la generosidad sin medida, la bondad que no conoce fronteras.
¿Nos atrevemos a imitar la bondad de Dios?
La vocación cristiana, leída desde nuestra realidad, nos interpela: ¿nos atrevemos a imitar esa forma de ser de Dios? ¿O nos incomodan los actos de bondad que van más allá del orden establecido por la justicia de nuestro mundo? En un país donde la desigualdad es una herida abierta, donde los pobres y marginados son los últimos en la fila, la parábola nos invita a invertir el orden: los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos.
Esta no es una invitación a la resignación, sino a la revolución de la bondad. Es la misma revolución que impulsaron nuestros abuelos y abuelas, que resistieron la colonización con la fuerza de la comunidad. Es la revolución que hoy nos llama a defender la Madre Tierra, a oponernos al extractivismo, a construir una economía solidaria que no deje a nadie afuera.
La parábola de los trabajadores de la viña nos recuerda que el Reino de los cielos no se parece a una empresa capitalista, sino a una comunidad de hermanos y hermanas donde todos tienen un lugar, donde nadie es desechable, donde la bondad de Dios se derrama como el agua de nuestros ríos, sin pedir permiso a los poderosos.
“Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor. Porque así como aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los de ustedes y mis pensamientos a sus pensamientos” (Isaías 55, 6-9).
Que esta palabra nos encuentre en camino, hermanos y hermanas, con los pies en la tierra y el corazón abierto a la bondad sin medida. Porque, como dice la segunda lectura de la carta a los Filipenses, “para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia”. Y esa vida se juega en la entrega diaria, en la lucha por la justicia, en la construcción de un mundo donde los últimos sean los primeros.
Erwin Sánchez, para La Voz de Pachamama