El calor ya es una nueva forma de desigualdad en Alemania
Ursula Nicoley tiene 88 años, vive sola en Coblenza y aún puede hacer sus compras, cuidar su casa y asistir a clases de yoga. Pero cuando el termómetro supera los 25 grados, su autonomía se desvanece. Durante la última ola de calor, con temperaturas cercanas a los 40, pasó el día postrada en la cama. “No hice nada, salvo sobrevivir”, confesó a la televisión pública regional SWR. Esa frase resume lo que el verano empieza a significar para miles de personas mayores en Alemania.
El calor dejó de ser una molestia pasajera para convertirse en un problema sanitario y social que no golpea a todos por igual. Mientras unos viven en casas bien aisladas, pueden refrigerarlas o escapar en los días más duros, otros quedan atrapados en pisos que no logran enfriarse, pasan la jornada en una obra o dependen de que un vecino recuerde tocar a su puerta. La temperatura puede ser la misma. La posibilidad de huir de ella, no.
¿Por qué el calor se convierte en una desigualdad?
En Berlín, las zonas de asfalto y hormigón sin árboles registran hasta siete grados más que los barrios periféricos. En la Karl Marx Strasse, una de las principales avenidas, se midieron 50 grados junto al suelo en junio. Quienes viven en viviendas baratas, construidas hace décadas y sin aire acondicionado, también soportan más tráfico, peor calidad del aire y menos espacios verdes. Para las personas sin hogar, algunos expertos piden autobuses de asistencia durante el verano, similares a los que recorren las calles en las noches de invierno.
El calor tampoco se queda fuera de colegios, hospitales o residencias, donde la refrigeración sigue siendo escasa. Quienes trabajan en la construcción, los cuidados o la policía necesitan pausas, sombra y horarios adaptados, porque con temperaturas extremas cae la concentración y aumenta el riesgo de accidente. La factura también llega a la economía: un solo día de calor cuesta al menos 430 millones de euros por pérdida de productividad.
¿Qué propone el Gobierno alemán?
El secretario de Estado de Medio Ambiente, el socialdemócrata Jochen Flasbarth, ha reclamado que Alemania tenga en 2027 un plan nacional de protección frente al calor que reúna lo que ya hacen algunos estados federados y municipios, pero también cubra los enormes vacíos que persisten. “El próximo verano necesitamos un plan nacional”, aseguró tras las últimas olas de calor, que volvieron a mostrar que el país sabe advertir del peligro, aunque todavía discute quién debe proteger a la población y quién debe pagar esa adaptación.
La respuesta alemana sigue condicionada por el federalismo. La protección frente al calor corresponde en gran medida a los Länder, los municipios gestionan las medidas concretas y Berlín solo puede fijar un marco o financiar programas determinados. Así, una ciudad puede contar con protocolos para hospitales y residencias mientras otra considera suficiente publicar consejos en su web. No existe una definición común ni mínimos obligatorios. Convertir la adaptación climática en una responsabilidad compartida exigiría que los estados cedieran competencias y aceptaran una intervención estable del Gobierno federal.
¿Qué ejemplo pone Flasbarth?
Flasbarth ha citado la céntrica plaza Gendarmenmarkt de Berlín, renovada por millones de euros pero sin plantar un solo árbol. Ya no es solo una cuestión de cuánto calor deberá soportar Alemania, sino por qué tantas calles, viviendas y centros de trabajo siguen sin estar preparados para convivir con él. Ursula Nicoley tiene la suerte de que sus vecinos llaman a su puerta cuando no la ven. La política alemana discute ahora cómo conseguir que esa protección no dependa de la suerte.
Este espejo europeo nos interpela también en nuestra América, donde el extractivismo y la desigualdad histórica hacen que el calor golpee primero a los más pobres. La Pachamama nos habla con incendios y sequías; escucharla es también un acto de justicia.