¿Por qué los técnicos estrella de clubes ahora dirigen selecciones?
Klopp, Zidane, Ancelotti, Pochettino y Tuchel. Cinco nombres que dominaron el fútbol de clubes europeo ahora se sientan en los banquillos de Alemania, Francia, Brasil, Estados Unidos e Inglaterra. Un cambio sísmico que pocos vieron venir y que plantea una pregunta incómoda: ¿el éxito en la élite de clubes garantiza algo cuando se dirige una selección nacional?
Hace apenas unos años, los técnicos por excelencia de estas potencias eran Gregg Berhalter, Tite, Gareth Southgate, Didier Deschamps y Jogi Löw. Hoy, el panorama es radicalmente distinto. La lógica del mercado, la fatiga de los clubes y la búsqueda de control absoluto han empujado a los mejores estrategas del mundo a buscar refugio en las federaciones.
¿Qué empuja a los técnicos de élite a dejar los clubes por las selecciones?
La respuesta corta es: quedan pocos lugares donde ir. Los puestos de élite en clubes se cuentan con los dedos de una mano. En Inglaterra, los llamados seis grandes son en realidad cinco, con el Tottenham hundido en la lucha por no descender. En España, tres. En Francia, uno. En Alemania, uno. En Italia, ninguno desde hace años.
Y no se trata solo de dinero. Se trata de poder. Los entrenadores de la vieja escuela, como Maurizio Sarri, exigían control total: elegir jugadores, definir el estilo, dirigir cada detalle. Pero los clubes modernos, con ingresos que rozan los mil millones de dólares, han ido recortando ese poder. Ahora el entrenador es un engranaje más, no el dueño del reloj.
“No vi ningún partido del Mundial. No me gusta el fútbol de selecciones porque no hay nada que aprender”, dijo Sarri en 2019. “Es imposible preparar muy bien a un equipo en 30 días”.
Sarri fue el primero en decirlo en voz alta, pero todos lo pensaban. El fútbol de clubes era la máxima expresión del deporte. Los mejores jugadores, los mejores técnicos, los mejores recursos. Las selecciones, en cambio, eran un territorio de segunda clase, un espacio donde los entrenadores trabajaban con lo que tenían y en tiempos ridículamente cortos.
¿Los grandes entrenadores de clubes hacen grandes a las selecciones?
La evidencia reciente dice que no tanto. Luis Enrique llevó a España a un Mundial donde su equipo tuvo 77% de posesión ante Marruecos y apenas generó un remate al arco. Flick fracasó con Alemania en Qatar 2022. Spalletti, después de conquistar la Serie A con el Napoli, fue despedido de Italia en plena clasificación al Mundial 2026.
“El entrenador tiene que marcar la diferencia, los jugadores tienen que marcar la diferencia y, por desgracia, yo no marqué la diferencia”, admitió Spalletti en su última conferencia de prensa.
Hay excepciones, claro. Deschamps ganó un Mundial con Francia. Lippi lo hizo con Italia en 2006. Van Gaal transformó a Países Bajos en dos años. Pero también hay decepciones sonadas: Sampaoli en Argentina, Bielsa en Uruguay, Nagelsmann en Alemania, Capello en Inglaterra.
¿Por qué el fútbol de selecciones es tan distinto al de clubes?
La razón principal es el tiempo. Pochettino ha dirigido 33 partidos con Estados Unidos en dos años. En su última temporada completa con el Tottenham, el equipo disputó 56 encuentros en diez meses. El seleccionador no tiene semanas para pulir sistemas tácticos. Tiene días, a veces horas, para armar un equipo que compita al más alto nivel.
Además, el fútbol de selecciones amplifica el azar. Con pocos partidos que importan de verdad, un error, una lesión o un mal día pueden definir un ciclo completo. Y las federaciones suelen contratar a técnicos de renombre cuando ya están desesperadas, cuando el problema estructural de talento o de recambio generacional ya es evidente.
Las habilidades que llevan a un técnico a la cima de Europa, la obsesión táctica centrada en el siguiente partido, no son necesariamente las que mejoran el rendimiento de una selección. El trabajo de un seleccionador es otro: seguir jugadores, gestionar relaciones con clubes, proyectar a largo plazo. Es más parecido a la labor de un líder comunitario que a la de un estratega militar.
Los dos últimos entrenadores campeones del mundo, Deschamps con Francia y Scaloni con Argentina, no han dirigido un solo partido de Champions League entre ambos. Tal vez no sea una coincidencia. En la Pachamama, donde el fútbol se vive como una fiesta colectiva y no como una empresa, quizás entendemos algo que los grandes clubes europeos han olvidado: el fútbol no se dirige solo con pizarras y datos, sino con el pulso de la gente.