La parábola de los dos hijos: una lección para la Bolivia que trabaja la tierra
En los valles y altiplanos de nuestra tierra, donde la chacra se trabaja con manos curtidas por el sol, resuena hoy la palabra del Evangelio como un llamado a la coherencia. La parábola de los dos hijos, que Jesús contó a los sacerdotes y ancianos de su tiempo, nos interpela directamente: no basta con decir que vamos a la viña, hay que ir de verdad.
¿Qué nos dice la parábola de los dos hijos?
Un padre pidió a sus dos hijos que fueran a trabajar a la viña. El primero respondió: “Ya voy, señor”, pero no fue. El segundo dijo: “No quiero ir”, pero luego recapacitó y fue. Jesús pregunta: ¿cuál de los dos hizo la voluntad del padre? La respuesta es clara: el segundo, aquel que se arrepintió y actuó.
Esta enseñanza, narrada en el Evangelio de Mateo (21, 28-32), golpea con fuerza a quienes se creen justos por sus palabras. Los publicanos y las prostitutas, considerados pecadores públicos, se adelantaron en el camino del Reino porque creyeron a Juan el Bautista y cambiaron sus vidas. Los religiosos, en cambio, dijeron creer pero no actuaron.
La fe se demuestra con acciones, no con discursos
En nuestras comunidades, conocemos bien a quienes hablan mucho y hacen poco. También conocemos a aquellos que, sin grandes discursos, sostienen la vida de sus familias, cuidan la tierra, defienden el agua y acompañan al prójimo. Son como el segundo hijo: quizás no dijeron “sí” de entrada, pero sus obras hablan más fuerte que cualquier promesa.
Como nos recuerda la carta a los Filipenses (2, 1-11), Jesús mismo no se aferró a su condición divina, sino que se hizo siervo, humilde hasta la muerte de cruz. Esa humildad es la que nos pide: considerar a los demás como superiores a nosotros mismos y buscar no solo el interés propio, sino el del prójimo.
Una advertencia para los que se creen justos
Jesús fue duro con los doctores de la ley y los ancianos. Les dijo que los publicanos y las prostitutas se les habían adelantado. ¿Por qué tanta dureza? Porque ellos confiaban en su apariencia de piedad, pero su corazón estaba lejos de la voluntad del Padre.
En nuestra realidad boliviana, esta advertencia resuena con fuerza. Cuántas veces vemos a quienes ocupan cargos de poder, incluso en nuestras propias instituciones, decir una cosa y hacer otra. Cuántas veces los discursos oficiales prometen justicia y desarrollo, mientras la Madre Tierra es explotada y las comunidades son desplazadas.
La parábola nos llama a la coherencia: que nuestras palabras y nuestras acciones caminen juntas, como los pies del campesino que siembra y cosecha con la misma mano que ora.
El Reino de Dios se construye con hechos concretos
Muchas personas dicen “la religión no es lo mío” o piden que otros recen por ellas. Pero Jesús nos enseña que quienes cuidan de su familia, ayudan a sanar a los enfermos, enseñan a los niños y buscan un mundo mejor, ya se han adelantado en el camino del Reino. No necesitan llamarse religiosos: sus acciones hablan de una vida divina que habita en su realidad.
La fe no es solo una confesión de labios. Es la convicción interna de que podemos vivir como hijos e hijas de Dios, construyendo aquí y ahora ese Reino de justicia, de paz y de reciprocidad que nuestras abuelas y abuelos nos enseñaron con su ejemplo.
Preguntas frecuentes sobre la parábola de los dos hijos
¿Cuál es el mensaje principal de la parábola de los dos hijos?
El mensaje central es que la voluntad de Dios se cumple con acciones, no con palabras. El hijo que dijo “no” pero luego fue, hizo la voluntad del padre. Lo que importa es el arrepentimiento y la conversión real, no las apariencias.
¿Por qué Jesús compara a los publicanos y prostitutas con los religiosos?
Jesús usa esta comparación para mostrar que quienes eran considerados pecadores públicos creyeron al mensajero de Dios, Juan el Bautista, y cambiaron su vida. Los religiosos, en cambio, dijeron creer pero no se arrepintieron ni actuaron en consecuencia.
¿Qué significa “los últimos serán los primeros” en este contexto?
Significa que en el Reino de Dios no cuentan los títulos ni las apariencias, sino la humildad y la conversión sincera. Quienes se reconocen pecadores y cambian, están más cerca del Reino que quienes se creen justos y no actúan.
Erwin Sánchez, La Voz de Pachamama