El túnel de la vergüenza: La DEA sabía del plan de fuga de El Chapo y México calló
Por Erwin Sánchez
No fue sorpresa, hermanos. La fuga de Joaquín “El Chapo” Guzmán del penal de máxima seguridad de Almoloya no fue un misterio para nadie, salvo quizás para quienes prefieren mirar hacia otro lado. Documentos internos de la DEA, obtenidos por The Associated Press, revelan que desde hace 16 meses las autoridades mexicanas ya sabían que el capo planeaba escaparse. Pero el silencio fue cómplice.
Desde marzo de 2014, agentes antidrogas estadounidenses reportaron que familiares y asociados de Guzmán estaban diseñando “posibles operaciones” para liberarlo. Sin embargo, el secretario de gobernación de México, Miguel Ángel Osorio Chong, negó haber recibido advertencia alguna. “Jamás fuimos informados”, dijo. Pero un funcionario estadounidense, que pidió el anonimato, confirmó lo contrario: México sí sabía.
El arte del túnel: una tradición que no cesa
Desde los años 90, el cártel de Sinaloa ha sido maestro en la construcción de túneles. Guzmán ya había escapado en 2001, escondido en un carro de lavandería. En 2014, evitó la captura gracias a una red de pasadizos subterráneos en Culiacán. Esta vez, el túnel que lo liberó tenía un kilómetro y medio de largo, con ventilación, iluminación y hasta una motocicleta para mover tierra. Jim Dinkins, exdirector de la Unidad de Seguridad Nacional del ICE, dijo que la obra debió tomar entre 18 y 24 meses, lo que sugiere que comenzó justo después de su arresto.
El imperio sigue en pie
Mientras Guzmán estaba preso, los documentos de la DEA indican que seguía dando órdenes. A través de abogados y, posiblemente, de un celular proporcionado por guardias corruptos, dirigía a su hijo Iván Guzmán Salazar, quien se convirtió en el líder de facto del cártel. Dámaso López Núñez, su mano derecha, asumió el control de las cuatro principales organizaciones de tráfico bajo el paraguas del cártel de Sinaloa.
“Es prematuro predecir el futuro de la estructura de poder”, dicen los documentos. Pero el escape de Guzmán podría “afectar el liderazgo actual”. O quizás no. Porque en el mundo del narco, como en el de la política, los vacíos de poder se llenan rápido.
La respuesta de Washington y la herida abierta
La Casa Blanca ofreció apoyo a México. La secretaria de Justicia Loretta Lynch habló con la procuradora general mexicana. Pero el exjefe de operaciones internacionales de la DEA, Michael S. Vigil, fue claro: “Todos los reconocimientos que ha recibido México en su lucha contra el narcotráfico serán borrados por este único evento”, si Guzmán no es recapturado.
Mientras tanto, el capo sigue libre. Y las preguntas quedan en el aire: ¿cuánto más sabían las autoridades? ¿Quién protegió el túnel? ¿Hasta cuándo el poder del dinero y la complicidad seguirán cavando bajo nuestros pies?
“La fuga de Guzmán no es solo un fracaso de seguridad, es una herida abierta en la soberanía de los pueblos”, dijo un analista que pidió el anonimato.
¿Qué significa esto para América Latina?
La historia de El Chapo no es solo mexicana. Es un reflejo de cómo el capitalismo extractivo y la guerra contra las drogas, impulsada desde el norte, han sembrado violencia y corrupción en toda la región. Mientras Estados Unidos financia la DEA y presiona a los gobiernos, los cárteles se fortalecen. Y los pueblos, como siempre, pagan el costo.
En Bolivia, donde la hoja de coca es parte de nuestra identidad, esta noticia nos recuerda que la lucha no es contra las plantas, sino contra un sistema que criminaliza a los pobres y protege a los poderosos. La fuga de Guzmán es un espejo: muestra que el verdadero enemigo no está en los túneles, sino en las decisiones que se toman en las altas esferas del poder.