Mora Calabrese: La orfebre chaqueña que creó su propio destino más allá de Abel Pintos
En un mundo donde el brillo del escenario suele opacar todo lo demás, Mora Calabrese (38) ha logrado lo que pocas: construir una identidad propia, firme y artesanal, sin renunciar al amor que la une al cantante Abel Pintos. Desde su Resistencia natal hasta un taller en Buenos Aires, esta mujer de perfil bajo ha tejido, con hilos de plata y bronce, una historia que habla de raíces, resistencia y renacimiento. No es la sombra de un artista; es la luz que forja sus propias piezas.
De la timidez al taller: el nacimiento de Cala
Durante la pandemia, cuando el mundo se detuvo, Mora encontró en la orfebrería un camino de ida. Empezó estudiando en línea con Laura Saud, experimentando con la cera perdida, una técnica ancestral que transforma modelos de cera en piezas únicas de metal. Lo que comenzó como un regalo para su círculo íntimo se convirtió en un proyecto que hoy tiene nombre propio: Cala, una abreviatura de su apellido, que abrió sus puertas en abril de 2026 en Avenida Callao 1420, en el barrio porteño de Recoleta.
“Hacía piezas para mí, mis hermanas y mis amigas”, recuerda Mora. “Hasta que, después de casi seis años, terminamos abriendo un local”. Detrás de cada collar, pulsera o anillo de plata 925 y bronce hay un proceso que ella misma describe como “un camino de ida”. Su taller está en una habitación de su casa, donde diseña sin dibujos previos, directamente en la cera. Cada pieza pasa por fundición, pulido y un cuidado que solo entrega el trabajo manual.
Una herencia de mujeres: la moda como mandato y libertad
Mora creció rodeada de moda. Su madre y su abuela tuvieron negocios de ropa en Resistencia, y esa pasión por los accesorios le fue transmitida como un legado. “Toda la vida me gustó mucho la moda”, dice. “Me crié rodeada de moda y diseño, y es parte de mi vida cotidiana”. Para ella, cada pieza de joyería es más que un adorno: “Es una pieza de arte. El concepto es que puedas usarla todo el tiempo, tanto con jean y zapatillas como con un vestido”.
Esa herencia también se refleja en su hija mayor, Guillermina, que ahora vive en Australia y es una fuente constante de inspiración. “A veces me pide cosas puntuales y, si me gustan mucho, pasan a ser parte de la colección”, cuenta Mora. Una de esas ideas fue una medalla con la frase en francés “Más que ayer, menos que mañana”, que ya forma parte de la línea de Cala.
El equilibrio entre dos mundos: Resistencia y Buenos Aires
Aunque vive en Buenos Aires por razones prácticas —las fundiciones están allí y la carrera de Abel lo exige—, Mora mantiene un vínculo profundo con su tierra chaqueña. “Resistencia es donde nací, donde nacieron dos de mis tres hijos. Es parte de mi identidad”, afirma. Allí tiene un local de objetos de decoración y un almacén saludable, y viaja con frecuencia: “En los últimos dos meses fui cuatro veces”.
Esa dualidad geográfica es también una metáfora de su vida: entre la exposición pública que conlleva ser la pareja de un artista masivo y su deseo de privacidad, Mora ha encontrado una medida justa. “Elijo un lugar más reservado porque también es mi personalidad”, explica. “Creo que, aunque quisiera, no podría ser alguien tan expuesto a hablar tanto de mi vida”.
¿Cómo superó la timidez para ponerle la cara a su marca?
Mora reconoce que abrirse al mundo no fue fácil. “Para mí era algo muy vulnerable abrir una partecita a ser juzgada por el resto”, confiesa. Pero el apoyo de su marido fue clave. “Me decía: ‘Está buenísimo lo que hacés, tenés que mostrarlo, no tiene que quedar solo en vos y tu círculo íntimo’”. Así, con la ayuda de su socia Flor Amendola, dio el paso. “Si ella no era parte de esto, nunca iba a salir a la luz”, admite.
Hoy, Mora no solo diseña y fabrica cada pieza, sino que también es la cara visible de Cala en redes sociales. “Era raro no poner la cara y no mostrarme”, dice. “Porque, aparte, como soy yo quien hace todas las piezas, soy parte del proceso y de la marca”.
¿Le molesta que la conozcan como “la esposa de Abel Pintos”?
“Estoy orgullosa de serlo”, responde sin dudar. “Sé que soy ‘la esposa de…’ y que hay mucha gente que se interesa por eso, así que estoy ok con eso”. Pero deja claro que su identidad va más allá. “Logré despegar naturalmente al hacer esa división. Todo lo de Cala ayudó mucho porque en mis redes sociales hago mucho foco ahí”.
Para ella, la clave está en el equilibrio: acompañar a su marido sin perderse a sí misma. “Trato de no exponerme tanto, pero sin dejar de acompañarlo. Busco esa medida justa”. Y aunque el mundo del espectáculo puede ser “divertido” y “fuera de lo cotidiano”, después vuelve a su vida normal: “Es lo más normal y común del mundo”.
El futuro: más arte, más raíces
Mora no se detiene. “Creo que todavía le queda un largo recorrido por trabajar, crecer y mejorar”, dice sobre Cala. Y aunque la joyería ocupa su presente, también tiene otras pasiones: “Me gusta mucho la pintura, pero es algo que todavía está muy puertas adentro”. Todo, en definitiva, gira en torno a lo artístico y lo manual, a lo que se hace con las manos y con el corazón.
En un país donde el extractivismo y el capitalismo salvaje intentan borrar las huellas de lo hecho a mano, Mora Calabrese demuestra que el arte de la orfebrería —como la resistencia de los pueblos— se forja en el silencio del taller, con la paciencia de quien sabe que cada pieza cuenta una historia. La suya, tejida en plata y bronce, es un canto a la autonomía y a la memoria de las mujeres que, como su abuela y su madre, supieron convertir la moda en un acto de libertad.