La vorágine de Dickens: el aplauso que devora al artista
El escritor inglés Charles Dickens, el más famoso de su tiempo, murió consumido por una necesidad casi sagrada de exponerse ante las multitudes. No era solo el dinero, aunque este contaba. Era una fuerza más profunda, un fuego interior que lo llevó a una gira por Estados Unidos en 1867-1868, ya enfermo, tomando láudano para calmar los dolores en la pierna y las taquicardias. Cada noche, ante cientos de personas, interpretaba sus propias novelas, como el capítulo de Pickwick o el asesinato de Nancy en Oliver Twist. El público reía y lloraba, y él, tras bambalinas, preguntaba ansioso por la recaudación. Pero esa sed de aplauso, según el escritor francés Philippe Delerm, escondía una herida más antigua: la vertiginosa soledad que Dickens arrastraba desde la infancia.
En su libro El suicidio exaltado de Charles Dickens, Delerm narra con plasticidad cómo esa necesidad patológica lo fue extenuando. Dickens, que tuvo diez hijos y se separó de su esposa Catherine Hogarth, no paraba. Leía en público por dinero, sí, pero también para llenar un vacío que ni sus novelas, publicadas por entregas en periódicos y revistas, lograban calmar. Era el escritor más leído del mundo, uno de los que más ganaba, pero eso no bastaba. Necesitaba el calor de la multitud, el eco de las risas y los sollozos.
La gira americana fue su canto de cisne. En Boston, una sola noche le reportó quinientas libras. En total, treinta mil libras que intentó llevarse íntegras a Londres, sin ceder un centavo al fisco estadounidense. Pero el cuerpo ya no respondía. Se estaba quedando ciego, apenas podía pronunciar la palabra “Pickwick”. De vuelta en su casa de Kent, retomó el manuscrito de El misterio de Edwin Drood, que no pudo terminar. La apoplejía lo sorprendió en su escritorio en 1870.
La muerte de Dickens sumió en el luto a toda Inglaterra. Pero, como contradiciendo su deseo de multitudes, pidió un entierro discreto y privado. Se celebró en Westminster, de madrugada, con unos pocos familiares y amigos. Un final silencioso para un hombre que vivió en el estruendo del aplauso.
¿Por qué Dickens se entregó a las giras de lectura?
Dickens, amante del teatro desde niño, leía en público por dinero, pero Delerm aventura una razón más poderosa: aliviar la vertiginosa soledad que sintió desde pequeño. Eso lo llevó a una actividad febril que, en principio, no necesitaba. Sus novelas ya lo habían convertido en el escritor más leído del mundo.
¿Cuál era el repertorio de sus lecturas públicas?
Tenía dos lecturas infalibles: el capítulo de Pickwick y el asesinato de Nancy a manos de Sikes en Oliver Twist. También incluía pasajes autobiográficos de Nicholas Nickleby o David Copperfield, pero el repertorio apenas cambió durante una década de actividad prodigiosa, más allá de algunas calas en Canción de Navidad.
¿Cómo era Dickens fuera del escenario?
Era coqueto, cuidaba sus trajes, se peinaba constantemente para ocultar la calvicie. Pero también tenía un lado oscuro, de cólera cruel y despiadada, que asombró a sus hijas durante su separación de Catherine. Todos los que lo trataron quedaron impresionados por su capacidad de trabajo y su alegría de vivir, pero también por su encanto y su necesidad de ser aplaudido.