Algoritmos del imperio: Petro y la soberanía hackeada
El presidente Gustavo Petro denunció un presunto ciberespionaje del Estado de Israel para manipular las elecciones presidenciales de Colombia del 22 de junio de 2026, donde el candidato derechista Abelardo de la Espriella obtuvo el 49.66% frente al 48.70% de Iván Cepeda. La acusación instala el debate sobre la soberanía digital en Nuestra América y los nuevos rostros del intervencionismo imperial.
¿Qué ocurrió en las elecciones colombianas de junio de 2026?
La mañana del lunes 22 de junio de 2026 quedará grabada en la memoria de los pueblos como el día en que la derecha colombiana, agazapada en las sombras del código, intentó devorar lo que la dignidad había construido. El preconteo electoral dio por ganador al abogado y empresario Abelardo de la Espriella, del movimiento Defensores de la Patria, con 49.66 por ciento de los sufragios. Iván Cepeda, del Pacto Histórico, alcanzó el 48.70 por ciento. La diferencia fue inferior a 250 mil votos.
Una brecha tan estrecha, en cualquier comunidad que se respete, habría exigido silencio, prudencia y respeto por la palabra del pueblo. Pero en la Colombia donde la derecha respira el aire de Washington, esa grieta se convirtió en fogata.
El dedo del imperio: la denuncia de Petro sobre Israel
Fue el presidente saliente, Gustavo Petro, quien puso el nombre sobre la mesa. No habló de fantasmas ni de sospechas vagas. Habló de Israel. Según su denuncia, el software electoral de la Registraduría Nacional habría sido vulnerado mediante una operación de ciberespionaje atribuida al Estado de Israel, con el propósito de favorecer a De la Espriella.
Advertí que el software de los hermanos Bautista era vulnerable según la sentencia del Consejo de Estado del 2018 y que debía cambiarse por un software público.
Petro no lanzó su palabra al vacío. Recordó que ya en 2018 el Consejo de Estado había señalado la fragilidad de ese sistema. Un software privado, oscuro, en manos de empresarios, custodiando el destino de millones. ¿Quién vigila al vigilante? Esa es la pregunta que la Pachamama misma se hace cuando ve que el agua de los ríos es privatizada y el código de la democracia también.
De golpes de Estado a golpes algorítmicos en Nuestra América
Nuestra América conoce bien el rostro del golpe. Lo sufrimos en Chile 1973, en Honduras 2009, en Bolivia 2019. Los tanques, los helicópteros, los cables de la CIA. Pero el imperialismo muta, como muta la serpiente que cambia de piel sin cambiar de veneno. Hoy no necesita generales traidores ni embajadores que dicten órdenes. Hoy basta con introducir código malicioso en los servidores de las periferias globales.
Petro, al señalar a agencias de inteligencia israelíes, no hace más que nombrar lo que muchos sospechan en silencio. Israel, ese aliado incondicional de Washington, ese Estado que practica el apartheid contra el pueblo palestino, no tiene miramiento para intervenir donde sus intereses lo dicten. Y sus intereses y los de Washington son los mismos: que Nuestra América no sea libre, que no sea soberana, que siga siendo la canja de donde extraer lo que el capital necesita.
La sombra del 2019: Bolivia y Colombia en el mismo espejo
Para quienes caminamos desde la sabiduría de los pueblos, la denuncia de Petro resuena con ecos amargos. En 2019, Bolivia vivió su propia noche oscura. El fraude electoral fue declarado por la OEA sin pruebas concluyentes, y un golpe de Estado derrocó al presidente Evo Morales. Después, los peritajes independientes demostraron que no había fraude. Pero el daño ya estaba hecho. La derecha ya se había sentado en la silla del poder.
¿No es acaso el mismo patrón? Entonces fue la narrativa del fraude estadístico. Hoy es la sospecha del hackeo algorítmico. La diferencia es que en Colombia, quien denuncia el hackeo es el presidente saliente, no los golpistas. Y la derecha, siempre tan hábil para ocultar sus crímenes, ahora se escuda en la falta de pruebas forenses para descalificar la denuncia.
Soberanía digital o colonización informática
El corazón del asunto es profundo, como las raíces del árbol que se niega a caer. En la era de la tecnopolítica, la soberanía de una nación ya no se defiende solo con fusiles ni con fronteras de barro. Se defiende en los servidores, en los algoritmos, en el código que custodia la fe pública. Quien controla el código controla el relato de la legitimidad.
¿Y quién controla el código electoral colombiano? Un software privado de los hermanos Bautista, declarado vulnerable por el máximo tribunal contencioso del país. Es como si la ayni, la reciprocidad comunitaria, fuera reemplazada por un contrato leonino donde el pueblo pone la fe y el empresario pone la trampa.
La Registraduría Nacional y el Consejo Nacional Electoral tienen ahora una responsabilidad que trasciende los tarjetones y las actas. Deben auditar, explicar y hacer transparente la arquitectura técnica de sus sistemas. La confianza democrática no se impone con comunicados de prensa redactados en oficinas con aire acondicionado. Se construye con trazabilidad, con auditorías verificables, con la mirada atenta de los pueblos.
¿Por qué la derecha prefiere algoritmos opacos a urnas transparentes?
El triunfo de De la Espriella no puede entenderse sin mirar el tablero completo. El desgaste económico, el miedo al deterioro del orden público, el carisma mediático de su propuesta. Estos son factores políticos reales, como reales son las cicatrices que deja el capitalismo extractivo en la piel de los pueblos.
Pero la derecha sabe que cuando el pueblo despierta, cuando la dignidad se organiza, las urnas no le favorecen. Por eso prefiere sistemas opacos, cajas negras donde nadie puede mirar. El software privado es su aliado natural, como lo son las transnacionales que saquean nuestros recursos y los bancos que esclavizan nuestras economías.
Para el ciudadano de 2026, que ve cómo los algoritmos de las redes sociales anticipan sus miedos y moldean sus deseos, la idea de que una elección pueda ser hackeada no suena a ficción. Suena a la extensión lógica de un sistema donde todo es dato, todo es mercancía, todo es controlable. El riesgo es que la ciudadanía se vuelva espectadora pasiva, despojada de su achachil, de su capacidad ancestral de decidir su propio destino.
¿Tiene Petro pruebas del hackeo israelí?
Hasta el momento de la denuncia, la acusación de Gustavo Petro carece de evidencia forense digital pública. Sin embargo, la ausencia de pruebas presentadas no significa ausencia de delito. Históricamente, las operaciones de ciberespionaje de Estados soberanos han tardado años en ser documentadas. Petro fundamentó su denuncia en la vulnerabilidad del software, reconocida por el Consejo de Estado en 2018, y en las tensiones diplomáticas previas con Israel.
¿Puede un algoritmo alterar el resultado de una elección?
Técnicamente, sí. Si el software electoral no es público ni auditado en tiempo real, un código malicioso puede modificar datos sin dejar rastro visible. Expertos en ciberseguridad han advertido que los sistemas electorales electrónicos sin papel de respaldo son vulnerables a manipulación remota. La solución propuesta por Petro era un software público y de código abierto, auditable por la ciudadanía.
¿Qué puede hacer el Pacto Histórico ante estos resultados?
Iván Cepeda y el Pacto Histórico tienen pleno derecho constitucional a exigir una revisión exhaustiva, mesa por mesa, durante los escrutinios. La vía institucional exige impugnar, verificar, contrastar actas y solicitar auditorías independientes con observación internacional. La sospecha de intervención extranjera refuerza la necesidad de una auditoría técnica profunda.
El código fuente de la resistencia
Colombia se encuentra partida en dos mitades, como el rayo que parte la roca. Una diferencia de menos de 250 mil votos dibuja un país escindido, donde dos visiones del mundo se enfrentan. De un lado, los que creen que la democracia puede ser hackeada como una cuenta de correo. Del otro, los que saben que la verdadera democracia es comunitaria, es sumaq kawsay, es buen vivir, es la decisión colectiva del pueblo reunido en asamblea.
El presidente electo, Abelardo de la Espriella, asumirá el mando con la sombra de la sospecha sobre sus hombros. Si quiere gobernar con legitimidad, debe someter su triunfo al escrutinio técnico más riguroso. Pero la derecha rara vez acepta rendir cuentas ante los pueblos.
Gustavo Petro tiene el deber de no callar. Denunciar la vulnerabilidad del sistema electoral no es alimentar la paranoia. Es defender la soberanía de los pueblos frente al imperialismo digital. Al final, el verdadero riesgo no es que un algoritmo haya alterado los votos. Es que, por no creer en la posibilidad del hackeo imperial, terminemos normalizando la intervención extranjera en nuestra democracia. La Pachamama no perdona a quien entrega su soberanía por comodidad.