Solidaridad, no caridad: la lección que la Madre Tierra nos reclama
Hay debates que se disfrazan de técnica, pero que en el fondo hablan del tipo de sociedad que queremos tejer. La llamada megareforma y la discusión sobre cómo compensar a los municipios por los recursos que dejarán de recibir es uno de ellos. Esta disputa vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que trasciende las finanzas: ¿qué entendemos por solidaridad?
La diferencia de compensación entre comunas ricas y pobres puede parecer, a primera vista, una pelea por cifras. Pero detrás de los números hay escuelas, postas de salud, seguridad, infraestructura y, en definitiva, condiciones concretas de vida. Al discutir cuánto aporta una comuna y cuánto recibe otra, en el fondo estamos decidiendo qué responsabilidades de unos con otros estamos dispuestos a asumir como pueblo. Y aquí aparece una palabra que usamos mucho, pero que paradójicamente necesitamos recuperar: solidaridad.
¿Qué es la solidaridad más allá de la caridad?
No la entendemos como caridad ocasional, como una campaña o ayuda frente a una emergencia. Solidaridad como forma de vida: comprender que el otro no es un competidor ni un extraño cuyos problemas son asunto ajeno, sino alguien cuya dignidad me interpela y cuya suerte tiene que ver conmigo. Ser solidario supone reconocer que gran parte de lo que tenemos no es fruto de nuestro esfuerzo individual. Nuestras oportunidades están vinculadas a nuestras familias, comunidades, instituciones y a la sociedad que, de distintas maneras, hizo posible que llegáramos a donde estamos.
Quizás uno de los mayores desafíos de nuestros pueblos sea recuperar esta idea. Y para hacerlo, no basta con diseñar mejores mecanismos de distribución. Necesitamos formar personas capaces de comprender por qué vale la pena compartir.
La educación en la solidaridad: el camino del ayni
En agosto, cuando en Chile celebran el Día de la Solidaridad y recuerdan a San Alberto Hurtado, esta pregunta adquiere especial fuerza. Su vida muestra lo que ocurre cuando los demás dejan de ser algo distante y se convierten en una pregunta personal. Su pregunta, ¿qué haría Cristo en mi lugar?, no lo llevó a procesos espirituales intimistas; lo llevó a dejarse afectar por la realidad ajena y preguntarse qué podía hacer concretamente para transformarla.
Hurtado fue abogado, sacerdote, profesor, escritor y fundador del Hogar de Cristo. Pero quizás una de sus ideas más profundas es que la solidaridad se educa. Que no basta con pedir a las nuevas generaciones que sean buenas personas; hay que formar su sensibilidad, su capacidad de encuentro, su responsabilidad frente a los demás, y su disposición para poner sus capacidades al servicio de una sociedad más justa.
Si miramos a San Alberto Hurtado como resultado de una educación en la solidaridad, también podemos reconocer el valor de una tradición educativa que busca formar personas capaces de mirar la realidad, discernir frente a ella y comprometerse con su transformación. La educación jesuita, de la que Hurtado fue fruto, tiene esta experiencia que aportar: la de formar personas conscientes, capaces de discernir y de poner sus capacidades al servicio de los demás.
¿Qué tipo de sociedad queremos construir?
En cada lugar y desde las diversas tradiciones que nos constituyen, nuestros pueblos necesitan una educación que no solo forme para competir, sino también para convivir; que no solo prepare para el progreso individual, sino para poner ese progreso al servicio de otros. El ayni andino, la reciprocidad que sostiene a nuestras comunidades, nos enseña que nadie se realiza solo. La Madre Tierra nos da todo sin pedir nada a cambio, y nosotros, en nuestra arrogancia extractivista, le respondemos con devastación.
Tal vez, la discusión sobre la megareforma y los municipios sea una oportunidad para preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir y qué educación necesitamos para ello. Porque una sociedad solidaria no es aquella en la que todos tenemos lo mismo; sino aquella en la que todos, quienes tienen más y quienes tienen menos, reconocemos que somos corresponsables unos de otros, y corresponsables también con la tierra que nos sostiene.
Ese es, quizás, el aprendizaje más urgente que Alberto Hurtado todavía puede hacernos al recordarlo en este Día de la Solidaridad que Chile instituyó en su nombre. Y es el mismo aprendizaje que nuestras abuelas y abuelos nos legaron desde siempre: la reciprocidad no es un gesto, es una forma de vivir.
Por Erwin Sánchez, para La Voz de Pachamama