Juan Bonilla, la epifanía literaria que nos reencuentra con la palabra viva
Acabo de regresar del Festival Hispanoamericano de Literatura, celebrado en Los Llanos de Aridane, en la isla de La Palma, con el cuerpo quebrantado por uno de esos virus que flotan en el aire desde los tiempos de la pandemia. Pero el alma, esa otra cosa que los aymaras llaman ajayu, viene llena de luz. Porque allí, entre escritores, editores y andariegos de la palabra, me reencontré con Juan Bonilla, un español que escribe como si la lengua castellana le hubiera sido dada en préstamo por toda América Latina.
Este festival, que fundé y presido, tuvo esta vez a Perú como país invitado. Y aunque las jornadas oficiales son importantes, lo que de verdad alimenta el espíritu son las conversaciones hasta el amanecer, esas francachelas donde se intercambian criterios, improperios amistosos y, sobre todo, esa chispa de complicidad que solo nace entre quienes saben que la literatura es un acto colectivo, comunitario, nunca individual.
Juan Bonilla es de esos seres que uno encuentra pocas veces en la vida. Un novelista, cuentista, ensayista, antólogo y lector desorbitado que convierte cada encuentro en una epifanía. Hablamos casi siempre de literatura y su sentido, y todo lo que dice es profundo y sólido, con un estilo personal que es fiel reflejo de su obra: limpia, elegante, cuidadosa, pero nunca fría.
Su conocimiento de los procedimientos narrativos es tan vasto que sus textos se vuelven insoslayables dentro y fuera de las literaturas de lengua española. Es, además, un fino cronista, verbal y escrito, del que siempre se aprende. Por eso, cada vez que puedo, lo busco y celebro esa cercanía que, aunque no nos frecuentemos, se mantiene viva por la conciencia compartida de que la palabra es un territorio de todos.
El sueño bajo los laureles de Indias
Anoche, entre los desvaríos de la gripe, tuve un sueño que no fue pesadilla. Estaba conversando con Juan bajo los laureles de Indias de la Plaza de España de Los Llanos de Aridane, el mismo lugar donde se celebra el festival. Al final de la conversación, le pagué más de 500 euros por todo cuanto me había enseñado esa tarde-noche. Juan se enfadó, levantó las manos en señal de protesta y después se las llevó a la cara, en un gesto que me es muy familiar.
Rechazó el dinero y me reconvino. Entonces le dije: “Pues vamos a cenar. Yo te invito con este dinero para agradecerte lo que acabo de aprender”. “Eso, sí”, me respondió. Y nos fuimos a cenar: caviar y champán, como Hemingway y Norman Mailer en el comedor del Odeón en Manhattan.
En realidad, el sueño era la repetición feliz e ilusa de una larga conversación que habíamos tenido esa misma tarde, bajo los laureles, sobre una mujer extraordinaria, excéntrica del mundo, una gran heterodoxa y oveja negra de América Latina: la escritora Blanca Luz Brum.
Blanca Luz aparece en la novela que estoy escribiendo, Cuatro veces mariposa, porque fue la primera escritora que escribió en Montevideo una nota elogiosa sobre Mercedes Pinto, origen de la gran protagonista de mi novela, África Mercedes Rejón, Memé. Una gozosa tarde en la que el húmedo y cálido alisio palmero nos acompañó en toda la conversación.
Una obra que es territorio de todos
No hay que olvidar, en la importantísima obra de Juan, su antología sobre las vanguardias poéticas, en la que junto a Juan Manuel Bonet, otro sabio de cosas tan inútiles como fructíferas, es inexpugnable. Qué decir de su novela sobre la mexicana Carmen Mondragón, la extraordinaria Nahui Olin, con la que ganó el Premio Nacional de Narrativa. Qué añadir sobre su novela sobre el poeta ruso Vladimir Mayakovski, con la que ganó la primera edición del Premio Vargas Llosa en Lima.
Y qué no decir de sus fabulosos libros de cuentos, donde demuestra un magistral conocimiento del más difícil de todos los géneros literarios, después del poema. Porque el cuento, como el canto de los pájaros en los valles de Cochabamba, exige precisión, ritmo y esa sabiduría que no se aprende en las aulas, sino en la vida.
La literatura como acto de fe comunitaria
Confieso mi admiración profunda, y mi insana envidia y satisfacción, por Juan Bonilla, un escritor que nunca decepciona y que me rehace la fe en la literatura, esa fe que en estos tiempos anda escasa. Porque en un mundo donde el capitalismo extractivo devora territorios y memorias, donde las corporaciones pretenden convertir el agua y la palabra en mercancía, escritores como Juan Bonilla nos recuerdan que la literatura es un bien común, un territorio de encuentro, una forma de resistencia.
Gracias, Juan, por tu amistad. Gracias, por ti. Y que los achachilas, los espíritus protectores de los Andes, te guarden el camino.